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Tras el filo perdido
#583

Hay momentos en la vida en que sin darnos cuenta perdemos la pasión por el Señor y estamos desanimados, con un vacío que nos agobia y que no sabemos cómo llenar. Es entonces que vamos pasando los días en piloto automático y sentimos que luchamos mucho, trabajamos mucho y no avanzamos. Nuestra mente está ocupada con la monotonía de la vida cotidiana y eso nos impiden acercarnos a Su presencia; perdimos el enfoque, como el discípulo de Eliseo perdió el hacha en el río. Si queremos recuperar el filo del hacha, tenemos que identificar la causa por la que perdimos la pasión, tenemos que volver al sitio donde perdimos todo lo que habíamos logrado y a partir de ahí podremos recuperar la comunión con Dios.

Parando el sol
#582

El Señor dijo: ‘No me hables a Mi de la montaña, háblale a la montaña de Mi’. Hay una montaña que está esperando tu orden. Y aunque te parezca que hay cosas que no entiendes, que no tienen solución, que hacen ruido a tu teología, tienes que ser un Josué al pararte con autoridad y fe sobrenatural ante el sol, para ordenarle que se detenga porque no puede oscurecer sin que veas tu sueño y el sueño del Señor cumplido en ti.  Si tu zarza ardió, si Dios prometió que te iba a dar la tierra… así será; no termina tu camino sin que Dios te bendiga. No te rindas, no bajes los brazos aun cuando te hayas equivocado, porque el Señor, como todo buen padre, va a cumplir todas las promesas que le ha dado a cada uno de Sus hijos.

¿Estuve bien?
#581

Hay momentos en la vida en que Dios te va a pedir que hagas algo humillante, algo que, si no tienes tu estima sana, puede darle un golpe mortal a tu orgullo. Tal fue el caso de Naamán, que por orgullo se negaba a zambullirse en el Jordán para sanarse de la lepra. Pero cuando sabes que Dios te eligió desde el vientre de tu madre y te dio un propósito de vida, nada te humilla, dejas atrás tus inseguridades y no te importa lavar los pies de quienes están a tu alrededor. Cuando comprendes quién eres en el Señor y entiendes que Él te ama tal cual eres, dejas de fingir, aprendes a ser auténtico y no tienes necesidad de vivir buscando la aprobación de los demás.

La bendición fingida
#580

¿Cuántos de nosotros nos hemos pasado la vida fingiendo para agradarle a nuestros padres, a nuestros jefes o a nuestros cónyuges? Construimos fachadas, robamos una identidad para obtener bendiciones que no nos corresponden, como hizo Jacob al suplantar a su hermano Esaú para ganar la bendición del primogénito. Pero el Señor no bendice lo que no somos; después del engaño, Jacob pasó 21 años exiliado del su hogar. Recordemos que el Señor nos ama tal como somos ahora, con nuestras virtudes y nuestros defectos y esa realidad es la que Dios quiere bendecir.