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#52 | Milagros cotidianos
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Rara vez nos enfrentamos a conflictos en escala nacional o con dilemas mundiales: llegamos tarde a una cita de trabajo, dejamos olvidado un papel importantísimo en la oficina, se pierde la correspondencia, el tránsito está parado por un accidente y no vas a llegar al aniversario. ¿Qué sucede con las cosas pequeñas? ¿La vajilla rota y los perros extraviados? ¿Las gomas pinchadas y los vuelos atrasados? ¿Los dolores de muelas y la computadora que perdió todos los datos guardados? Dios tiene que supervisar el universo, mantener los planetas en equilibrio, vigilar a los presidentes y a los reyes… ¿Cómo le vas a hablar de tu uña encarnada?

#51 | Bienvenido a mi mundo
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La mayoría de la gente odia su trabajo y sienten que esas 160 horas al mes le arrebatan la vida. ¿Cambiar de empleo? Imposible, las obligaciones siguen galopando sin piedad. Pero Jesús borra la frontera entre lo secular y lo sagrado. A Él le importan tanto los domingos como tus miércoles. Sobre el fregadero de la cocina, Dios cuelga un letrero: “Aquí se hacen tareas divinas todos los días”. Tu escritorio es Su altar. Tu trabajo puede ser adoración! El tiempo que reniegas con tus hijos, con la tarea escolar, ¡es adoración! Vas a invitar a Jesús a subirse a tu vida.

#50 | Cadena de favores
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Nadie quiere vivir con una maleta equivocada. Los padres, maestros y líderes nos asignan maletas que no son nuestras y los que cargan maletas ajenas aborrecen los lunes, sueñan con los viernes y se arrastran el resto de la semana. Una epidemia de monotonía en “Villa aburrida” se roba la chispa de nuestros días. Pero si descubres tu propio equipaje, comienzas una cadena de misericordia. Haz ese pequeño cheque. Haz esa llamada telefónica. Ofrece una taza de leche. Siembra el grano de mostaza. Mete el grumo de levadura en la masa. Recoge la basura de alguien. Invítalo con un café. Una cadena sorprendente de pequeñas obras que cambian el mundo.

#49 | Los invisibles
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Tenemos miedo a evaporarnos, a que nadie note que alguna vez pasamos por aquí, le tenemos miedo a nuestra insignificancia. Por eso hay gente que pasa su vida viviendo la vida de “otro” y aparentando lo que no tiene, para no sentirse pequeño. Manejan autos que no pueden pagar, para tener “status”, viven en casas que no pueden sostener, tienen vacaciones que no pueden solventar. Queremos ser distinguidos y por nada del mundo queremos ser invisibles.